SYD BARRET, ARNOLD LAYNE Y EL DIARIO DE MAÑANA

                     Código de registro: 1606078099428

La mañana se abría en una calma claridad. No recuerdo haberme despertado, o haberme sentado a la mesa a desayunar. Lo que sí recuerdo claramente es que era jueves. Y me gusta asumir, cuando pienso en aquel día, que estábamos en primavera. Lo rememoro así, como un cálido y claro jueves de primavera.


Si bien sé que estábamos en otoño. Y, además, no puedo describir con seguridad otros detalles sobre aquel día, que contribuyan a definir con más precisión el entorno en que todo sucedió; y, obviamente, no hay elementos en mi recuerdo que me lo describan, o que simplemente me lo sugieran.

El no recordar otras cosas que pasaron aquel día lo atribuyo, además de a mi muy mala memoria, a un fenómeno de inhibición de recuerdos más corrientes o cotidianos por uno claramente más inusual. Si bien también debo reconocer que es posible que no recuerde nada de lo ocurrido esa mañana, y que lo que transcribo sean mayormente recuerdos de lo relatado sobre ése día. Dado que tales circunstancias están incluidas en el cuento titulado “La verdulería de Syd Barret”, escrito por Walas Menoni.

La hipótesis de que mis recuerdos sean referidos al cuento y no reflejo directo de lo vivido, explicaría el hecho de que lo narrado ocurrió, según yo afirmo, un jueves; a pesar de que en aquella época, yo trabajaba todos los jueves las veinticuatro horas del día. Y, obviamente, los hechos no ocurrieron en mi lugar de trabajo. Claro que una explicación mas simple, sería que por alguna razón tuve un día libre, y ahora sencillamente lo he olvidado.

De todas maneras, sabemos que al evocar un recuerdo, en realidad estamos rememorando situaciones, sensaciones e imágenes generadas por aquel recuerdo; y la suma de todos estos elementos surgidos luego, más algún elemento original del hecho evocado (no siempre presente), constituyen el recuerdo último experimentado. Teniendo en cuenta esto, lo que voy a redactar no es más falso ni más verdadero, que un relato cualquiera narrado por el propio protagonista.

Lo ocurrido es de público conocimiento, ya que está magistralmente redactado en el cuento mencionado; que también transmite muchas de las sensaciones que tuve ese día, de una manera muy clara y poética a la vez. En forma sucinta, podría explicar que el cuento trata de cómo, en aquella clara y cálida mañana de primavera, recibí la noticia de la muerte de Syd Barret. Además de una explicación, hecha premeditadamente al pasar por el escritor, breve pero muy eficaz, sobre quién era Syd Barret; el cuento consta de la descripción de cómo llegué con mi familia hasta el lugar físico en que me fue develada la noticia y, por último, de la tragicómica, absurda y cruel escena en la que recibo la información mencionada.

Como ya es sabido, mientras mi novia y mi hijo se encargaban de las compras de verduras y frutas, manteniendo un diálogo ameno y casi alegre con la joven encargada del negocio, yo me encontraba un poco alejado de la escena de la compra, pero disfrutando de un día inusualmente cálido, inusualmente claro, en fin, sintiéndome bien. Es así como se llega a lo sustancial del cuento; sin ninguna razón recorro con la mirada los cajones de frutas, sin ninguna razón demasiado convincente me siento bien y, por alguna razón, fijo mis ojos en el diario que tapizaba el fondo del cajón de bananas y leo en titulares grandes “Muere Syd Barret, mítico líder del grupo Pink Floyd”.

Luego el cuento termina con un excelente pasaje que describe mis sensaciones y sentimientos, los de mi familia, los del autor; y sobre el final Walas los proyecta como sentimientos que una sociedad es incapaz de expresar.

Bien, todo esto, si bien es particular, por el hecho de que la información me llega de una manera que podemos describir como inusual; no tiene otra connotación mas allá de el hecho, ahora histórico, de la muerte de un mito del rocanrol. Recuerdo que en aquel entonces me llamó mucho la atención la poca repercusión que tuvo, si bien algunos diarios lo mencionaron (si, lo mencionaron….  ninguna nota de portada, ni mucho menos) y alguna revista especializada ensayó algún artículo, en la calle pasó prácticamente desapercibido. En el bar no se hablaba de la muerte de Syd Barret, los amigos no se juntaban a tomar en su honor y, casi podría asegurarlo, no hubo colas en los tattoo shop para marcarse esa fecha en la piel.

Como decía, si bien es una anécdota particular, hasta ahora no pasa de eso…

Me decido a dejar registro escrito de algunos hechos que no mencioné a Walas, y que por lo tanto no constan en el cuento anteriormente mencionado, motivado por una charla con Checho Lucas. Ahora estamos viviendo en el Este del país, y aquella noche recordábamos nuestra vida en el Norte; mientras Checho daba su segundo (y seguramente, último) pequeño trago a una hermosa y pequeña copa de vino, yo terminaba de dar un gran trago a una grotesca jarra de cerveza que en ése momento quedaba vacía, y me disponía a comenzar una caminata hasta la heladera en busca de otra botella. Interrumpo esa procesión, miro la estufa y me dirijo a reavivar el fuego, colocando mas leña. En ese momento Checho me dice:

– Al final, nunca le contaste a Walas lo de Syd Barret, no?

– Por qué me lo preguntas? Te ocurrió algo que te hizo recordarlo?

– Simplemente lo recordé ahora, mientras conversábamos. Le contaste?

Le respondo:

– No, nunca…. Pero lo hablé con Fernando en La Tortuguita hace dos años…

– Y?

– No sé, creo que el cuento no sería mejor ni peor… “la literatura es el arte de contar        algo de una determinada manera, mas allá de lo que se está contando”

– Si, claro… pero… dejando lo que él escribió de lado… no te parece que habiéndose    involucrado tanto con algo que te pasó, al punto tal de publicar un cuento, sería un buen gesto de tu parte contarle realmente como sucedieron las cosas.

– No sé… el cuento lo escribió porque le pareció pintoresca la anécdota.

– Si, pero a vos lo que te movilizó fue otra cosa.

– A mi me movilizó que se murió Syd Barret, el tipo sin el cual Pink Floyd no existiría, uno de los padres del rock psicodélico.

– Estamos de acuerdo… pero también te conmovió lo otro y, reconocé que, por lo menos es llamativo que no se lo hayas contado.

– Si…

– Sobre todo teniendo en cuenta lo que me has dicho, sobre un montón de detalles que hoy no te acordás.

– Bueno, hay un montón de cosas específicas que no me acuerdo, acerca de un montón de cosas…

Y, habiendo dicho esto, proseguí hacia la heladera.

Ya de vuelta junto a la estufa, Checho se encontraba pintando detalles de un lienzo que pertenecía a una serie de imágenes de momias, en total 4 o 7, con fondos claros y pintadas con acrílico.

Le doy un gran trago a la cerveza recién servida, y me empieza a inquietar la idea de olvidarme de cosas que hoy me parecen  detalles sustanciales, y que hacen a la diferencia entre una simple anécdota y un hecho trascendente.

– Sabés que tenés razón?

– Si? En que?

Checho ya estaba en otro viaje.

– En lo de Syd Barret… creo que ya sé como se lo voy contar…

– Genial.

Y siguió dando muy pequeñas pinceladas, con un muy pequeño pincel, en el rostro de una momia que descansaba atemporal en un gran lienzo.

Así, mientras Checho ya se había olvidado del todo de la copa de vino, que quedaría intacta desde ése momento hasta la mañana, y pintaba sutiles expresiones en su momia; yo me decidí a empezar a escribir lo que ahora están leyendo.

Aquella mañana al regresar a casa con las compras, me hundo en una búsqueda infructuosa acerca de la muerte de Barret, ninguna noticia, solo la de la verdulería…. increíble.

Es así, que pasado ya el mediodía, me decido a regresar a la verdulería, en el camino, unas pocas cuadras, iba valorando las posibilidades que tenía, y eran todas un poco ridículas. No había manera de generar una situación medianamente seria, si lo que iba a hacer era pedir para leer el diario del fondo de un cajón de frutas. Así que asumí lo poco elegante que era mi misión, y proseguí a paso firme.

Al llegar, la verdulería estaba llena de clientes, lo que aumentó mi incomodidad al explicarle a la encargada, mientras 3 o 4 clientes escuchaban, que necesitaba que me obsequiara el diario que tapizaba el fondo del cajón de bananas…

Para mi sorpresa, mientras yo ensayaba mentalmente dos o tres explicaciones del porque de mi pedido, la encargada se mostró muy comprensiva y rápidamente puso las bananas en otro cajón entregándome el diario como si fuera algo absolutamente común y habitual, y sonriente me deseo buenos días. La saludé, le agradecí tres veces y me fui con la hoja de diario en mis manos.

Al volver a leer el diario, mientras caminaba, me doy cuenta de que era un diario de dos días atrás; lo que me resultó bastante obvio, y me pareció muy tonto de mi parte haber buscado anteriormente la noticia en los diarios del día.

Así, al llegar a casa, vuelvo a mirar el diario, y nuevamente confirmo la fecha de publicación: 4 de Julio de 2006.

Las letras negras del título se seguían viendo desoladoras: Muere Syd Barret…

Triste, pero más calmado, me dispongo a buscar la noticia en las publicaciones del día 4 de Julio. Nada. Ni una sola mención de la muerte de Barret. Ningún diario, ninguna cadena de televisión, ningún foro, nada…

Que posibilidad podría haber de que un diario conocido en todo el país se imprimiera con un error en la fecha del encabezado de página? Bueno, esto se ponía irritante.

Salgo de casa, me dirijo al quiosco de revistas, y me dispongo a realizar una frenética búsqueda de un ejemplar del diario en cuestión. Una vez que llego al quiosco, preparado para una de las más difíciles y engorrosas tareas de investigación que jamás haya realizado, y luego de saludar cortésmente al quiosquero, le explico la razón de mi presencia. Luego de decirle que necesitaba el diario del 4 de Julio me vuelvo a sorprender, dada la naturalidad con  que me respondió. Al parecer al único que le parecía extraña toda aquella búsqueda de diarios viejos era a mí. Me explica que los diarios que no se venden los pasa a buscar alguien, que los utiliza no me acuerdo para qué, pero no me sorprendería que fuera para tapizar los fondos de los cajones de frutas en las verdulerías; pero que como ese diario es el que lee su mujer, me dice que seguramente lo tendría en su casa…“si es que no lo usó para encender la chimenea”. Y, antes de que yo se lo pidiera, estaba telefoneando a su casa y hablando con su mujer. Inmediatamente me confirma que lo tiene, y que podía pasar a buscarlo por allí. Camino las 3 cuadras de distancia que separan la casa del quiosco, toco el timbre, veo que alguien mira por la ventana  corriendo apenas una cortina blanca, y al minuto se abre la puerta quedando yo frente a una chica joven, con un diario en la mano y una sonrisa desmedida. Le agradezco, tomo el diario, lo doblo por la mitad, y vuelvo a mi casa sin mirarlo.

Al llegar a casa entro apresurado, me siento a la mesa que aún tenía la computadora encendida, una tasa con café frío y la hoja doble con la noticia en cuestión (la del cajón de frutas), coloco al lado de ésta última el diario que me dio la mujer del quiosquero, en la portada se leía la fecha: 4 de Julio de 2006, y los titulares de tapa, en donde no se mencionaba la muerte de Barret. Miro la página en la hoja del diario del cajón de frutas: 11 B. Retorno al diario completo, me dirijo a la sección B, página 10: exactamente iguales, la misma fecha sin ningún error, y tres artículos que ocupaban toda la página. Giro la hoja, la del diario completo, la que me dio la mujer del quiosquero, misma fecha en el encabezado, y al leer los títulos… nada sobre la muerte de Syd Barret!!! En la página 11 B del diario completo habían dos artículos impresos, mientras mi hoja de diario, en la página 11 B tenía tres artículos, los dos exactamente iguales al diario completo, y uno más, que no estaba en el otro diario, con su título: Muere Syd Barret…

Dejé las hojas sobre la mesa, una al lado de la otra, me retiré unos centímetros y permanecí de pie mirándolas; en realidad no sé cuánto tiempo habrá pasado, pero aún hoy me veo de pie frente a la mesa, y sobre ésta las dos hojas del diario. Una con la noticia sobre la muerte de Syd Barret y la otra sin ella…

No recuerdo mucho más de ese día, no comenté con nadie lo que pasó, y ya sobre la noche mi novia me preguntó si me sentía mejor y si había leído algo acerca de porque se murió Syd Barret, le dije que había preferido distraerme con otras cosas y que no había leído nada al respecto.

Al otro día me levanté antes del mediodía, me calcé unos vaqueros, me puse una remera y un par de botas de cuero y me dirigí al quiosco, no desayuné. Compré el diario y volví a casa. Me senté a la mesa con una taza de café negro, amargo, y comencé a leer el diario. En realidad lo que hice fue ojear los títulos y pasar las páginas rápidamente, al llegar a la página 8 B el título de la misma, debajo de la fecha 7 de Julio de 2006, era: MUERE SYD BARRET, MÍTICO LÍDER DEL GRUPO PINK FLOYD.

Primer artículo de un total de cuatro en esa página, sin fotos. Lo comparo con el artículo de la hoja del cajón de frutas: exactamente igual. El artículo era firmado por la redacción, y citaba como fuente otro artículo de un diario inglés escrito el mismo día.

No tomé mas café, ya que cuando volví a levantar la taza de la mesa el café estaba frío, solo le había dado dos tragos, y en realidad me importaba muy poco.

Durante el mes de Julio de 2006 me dediqué a tratar de encontrar ejemplares con esa fecha, en total junté 9 periódicos con fecha 4 de Julio de 2006, todos pertenecientes al mismo diario, exactamente iguales, ninguno con la noticia sobre Barret.

Sobre finales de Julio, en una noche fría, decidí no darle más vueltas al asunto, y despedirme de Syd definitivamente. Tomé uno de los 9 ejemplares del diario del 4 de Julio y la hoja doble del diario que tapizaba el fondo del cajón de bananas, los doble en dos y los guardé en un sobre amarillo, donde tengo artículos sobre roncanrol recortados de diarios y revistas. Esa misma noche se lo conté a Checho Lucas y, hace unos años atrás, mientras conversábamos en un bar con Fernando Gelpi acerca del disco que estaba mezclando con Difusión Prohibida, luego de dos o tres cervezas, se lo conté. Quedó fascinado, y el resto de la noche no paramos de hablar sobre Syd Barret (muy poco) y sobre Pink Floyd (demasiado). Nunca hablé con nadie más del asunto.

Ayer 6 de Julio de 2016, como me pasa cada tanto, pensé todo el día en Barret; su muerte, los diarios… Salía de trabajar y me dirijo a un café que está sobre una esquina, un poco retirada del centro, hay árboles, dos o tres, en la vereda y, como en el 2006, me pareció que era un día de primavera, algunas hojas amarillas caían desde las ramas. Cuando estoy entrando al café, cierro con la mano la puerta de vidrio, para esto tengo que girar el cuerpo lo suficiente, quedando en la posición en que voy avanzando hacia adentro del café pero mirando hacia afuera, en ese preciso instante veo doblar por la calle en la esquina y perderse tras la ochava, un joven de ojos oscuros, pelo negro revuelto, con una camisa con volados (sí, volados) en el pecho, un sobretodo corto con grandes solapas, que manejaba una bicicleta antigua que tenía una cesta adelante del manubrio, sobre la rueda delantera. La velocidad con que se movía la bicicleta era distinta… distinta a qué?… no sé, pero eso me llamó mucho la atención; tanto que salí del café y corrí hasta la esquina, al llegar y mirar en la dirección en la que se fue la bicicleta… nada. El agente de tránsito que estaba en la esquina, al verme llegar corriendo, me pregunta si estaba bien, a lo que agrega:

–  Que pasó? Le robaron?

Le contesto:

–  No, solo trataba de alcanzar al joven de la bicicleta.

–  Cual?

–  El que dobló por ésta esquina, y siguió en esa dirección, justo…ahora…

–   No pasó ninguna bicicleta.

Lo miro, con cansancio, no digo nada.

– Se lo aseguro, ninguna bicicleta en toda la tarde…

– Bien, me confundí entonces, chau.

– Cuídese.

Vuelvo al café, entro dejando la puerta abierta y sin mirar atrás, me siento en la mesa que da a la ventana, a través de la cual se ve la esquina y, sí, sin lugar a dudas el movimiento de todo es distinto, pero muy distinto, al de la bicicleta con el canasto manejada por…

Decido hacerle caso al agente de tránsito y, en vez del café amargo que pensaba tomar, pido un whisky doble.

 

Ahora, siendo la noche del 7 de Julio de 2016, luego de las dos cervezas, mientras Checho Lucas duerme, mis hijos también, la copa de vino permanece frustrada y llena al lado de un atril de mesa y las momias descansan quietas en sus lienzos, pongo en el equipo de música la canción Bike lo suficientemente fuerte y, antes de servirme la tercera cerveza de la noche, me dirijo al armario del dormitorio, busco el sobre amarillo y vuelvo frente a la estufa, mientras abro el sobre y saco recortes de diarios y revistas (muchos de ellos ya amarillentos), comienza a sonar Arnold Layne , separo del resto la página del diario del 4 de Julio de 2006 la coloco sobre la mesa, y al lado pongo la del 4 de Julio de 2006 de la verdulería; y me dispongo a volver a leer los titulares y las fechas, mientras Arnold Layne suena genialmente fantástica, espesa y envolvente.

 

 

 

 

 

 

Walas, músico, compositor. Pueden disfrutar su arte (sonoro) en:

http://www.facebook.com/walasafraid

Checho Lucas, artista plástica, expone su arte en:

http://www.facebook.com/cecilialucasfavaro

 

Fernando Gelpi, compositor, vocalista, primera guitarra y alma                                                      mater del grupo de rock Difusión Prohibida. Toda su info en:

http://www.facebook.com/difusion.prohibida

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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