LA ROSA AMARILLA

CUENTO PUBLICADO EN ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL N° 12 FEBRERO DE 2017 DE  EL NARRATORIO http://www.elnarratorio.blogspot.com.uy
Código de registro: 1606218193498

La tarde de verano comenzaba a morir lentamente.

Mientras el viento nacía y se hacía cada vez más presente, el murmullo del movimiento del río, que horas antes era prácticamente imperceptible, a estas alturas era absolutamente ensordecedor.

Fue entonces que Oscar decidió buscar en la mochila azul la flor que había encargado dos días antes; las directivas en aquel entonces habían sido claras: “necesito una rosa amarilla, importada, de buen tamaño.” Lo de importada, lo había solicitado a entera decisión personal, luego de haber leído un artículo de un diario en la peluquería local que informaba que las rosas ecuatorianas este año estarían más cerca del bolsillo del consumidor, gracias a que la temporada de lluvias en aquellas latitudes se había retrasado, y esto había repercutido directamente en el precio de dicho producto; por lo que los ciudadanos se beneficiarían a la hora de adquirir una rosa importada.

Algo similar ocurría con lo del tamaño, en ocasión del funeral de su maestra de primer año, su madre le había encargado que comprara claveles y había sido muy precisa al respecto: no importa el color, pero que sean de buen tamaño. Así entonces, no quedaban dudas, a la hora de comprar una flor el tamaño debía ser bueno; si bien aún hoy lo confundía un poco la asociación entre centímetros y bondad. En aquel entonces su mamá le preguntó: eran grandes los claveles? Ni siquiera se mostró interesada en lo joven que se veía Emilia, tendida en su ataúd.

Bien, así si dos años atrás, y tratándose de claveles, un tamaño aproximado al de un puño (más bien chico) era considerado bueno; al menos por su madre. Le pareció que tratándose de rosas, el tamaño aproximado al de un puño (más bien grande), debería ser considerado como bueno; al menos por él, dos años mayor que entonces. Lo de amarillo, maldito color, bueno… en eso no había elección. La rosa que supuestamente había flotado en el aire, era amarilla.

Y si bien había alguna pelotuda, obviamente virgen a los dieciséis, que afirmaba que inmediatamente después de levitar el pimpollo en cuestión se había teñido de rojo; de ser ciertos, estos recuerdos visuales eran puras consecuencias de habilidades seudo celestiales. Para él eran seudo habilidades, ya que estaba dispuesto a demostrarse que el visitante no era ni siquiera un impostor; sino, un seudo impostor.

Si bien tenía que atribuirle la habilidad, absolutamente terrenal y nada singular, de haber seducido con éxito a la novia de alguien más: la suya. Y ya, casi sin darse cuenta, se encontraba debatiendo consigo mismo la efectividad descriptiva de la frase “seducido con éxito…”.Bueno en éste caso el sabía porque la había usado, y que obviamente se refería a la capacidad de haber logrado lo que supuestamente se había propuesto. Y…realmente se había propuesto éste tipo de 32 años adueñarse de su, ahora, ex novia? Y, muy probablemente, no. Pero así estaban dadas las cosas: el tratando de hacer flotar una rosa a orillas del río; y el rubio pelilargo haciendo transpirar a su ex novia en cuanto paredón ruinoso se interpusiese. Y él sabía muy bien cuanto le gustaban los paredones, a la muy puta. En fin, después de todo, si no hubiera sido el visitante, probablemente habría sido cualquier otro. Y era preferible alguien sin pasado para él, que un antiguo compañero de clase o de equipo. Así que el seudo impostor hasta le hizo un favor… se hizo cargo de lo inevitable. Así masticó su orgullo, y reconoció que “seducido con éxito…”era una frase mediocre, muy poco efectiva y, en exceso aburrida. Pero, bueno, después de todo… que otra cosa era la vida? Así que se quedó por entero satisfecho con su sintaxis y erudición.

Habían pasado ya 15 o 20 días desde que el visitante había llegado a la pequeña ciudad costera. De aspecto juvenil, premeditadamente juvenil, a  Oscar le pareció desde el comienzo un estandarte que rendía culto a la estupidez. No encontraba nada de intelectual en el hecho de que se sentara  a orillas del río a fumar marihuana, justo a la hora de salida de los (y sobre todo las) estudiantes del secundario. Y si bien él, con sus 17 años, era plenamente consciente de su natural y temporal idiotez, aún así le resultaba obvio que las ganancias de un artesano no eran suficientes para tomar cerveza importada todas las noches en el boliche de moda; y mucho menos para invitar con un trago a cuanta adolescente se le acercara.

Parado allí con su mochila en la mano, hasta le parecía estar viendo al visitante sentado a orillas del río, rodeado por sus compañeras de clase, disertando sobre la continuidad de la materia. Y acto seguido, “… y si la materia es la misma, y lo único que varía es la forma, y si la forma no importa, y lo único que importa es la esencia, y si la esencia es liviana, y si lo liviano flota, y si todo lo esencial se comparte, y si todos somos esencialmente iguales, entonces todos flotamos… entonces esta rosa debería flotar…” y aquí venía el momento que todos compartían y que nadie había visto: la rosa arrojada al agua y, luego de un ritual que variaba según quien lo contara, la flor en el aire. Bueno, en realidad, su ex novia le había afirmado haberla visto flotar, describiendo el suceso como un momento de iluminación. Bien, ésta opinión obviamente no contaba dada la poca objetividad que ésta chica de 17 años podía tener dadas las circunstancias; lo que sí le parecía digno de rescatar era la cursilería desplegada al describir sus sensaciones al respecto, momento de iluminación… por dios!, acaso la flor se había transformado en linterna además?

También estaba lo declarado por la impulsora de la teoría del cambio cromático amarillo-rojo, bueno, estaba más que demostrado que no estuvo en el lugar, ni tampoco cerca, el día en cuestión; lo ya dicho… una más tratando de sobresalir por algo más que no sea su condición de impenetrada; deplorable y hasta aburrido.

Apartó los recuerdos (o al menos intentó hacerlo) y cuanto pensamiento que se le cruzase, con sus naturales e inevitables asociaciones, y trató de mantener la cabeza en blanco. Al menos lo más despejada posible, ya que se sabía por entero incapaz de no pensar en nada; siempre había algo rondando, agazapado en algún rincón, esperando el momento menos oportuno para salir de la aletargada espera, dar el salto y apoderarse por completo de la corriente de pensamiento que estaba desarrollando, y a partir de entonces las interrogantes (con sus varias posibles respuestas) los recuerdos y las proyecciones teóricas  se bifurcaban hasta hacerse innumerables, e imposibles de abarcar por completo para ser analizadas y llegar a una conclusión lógica. Si bien últimamente se había sorprendido en algunas pocas ocasiones, encontrándose abstraído por completo de toda la red de pensamientos y enfocándose en una sola cuestión, la más sobresaliente, la más lógica, la más práctica, cosa que, por supuesto, lo preocupaba y mucho. Obviamente estaba envejeciendo y su cansado cerebro de diecisiete años daba cuenta de este proceso, revelándose apto para el análisis pragmático de las cosas. Luego de ésta conclusión sintió terror, verdadero terror, por primera vez en su vida. Seguido de un fatigado sentimiento de resignación, y entonces el terror se transformó en tristeza; con lo que se sintió más tranquilo, ya que arribaba a un terreno conocido, dominado por una sensación absolutamente posible de sobrellevar y para nada molesta, y muchas veces aliada incondicional y bastón tan necesario, si… la tristeza. Al fin respiró aliviado.

Así, intentó concentrarse y aislarse lo más posible del entorno; entorno que le era familiar y en el que se encontraba por demás cómodo.

Sacó la flor de la mochila, dejó caer la mochila a un lado, y se quedó parado frente al río, con la mano izquierda cayendo a un costado palma hacia adelante, y la mano derecha sosteniendo la rosa a la altura del pecho y él, todo, levemente inclinado hacia adelante… se sintió un reverendo idiota.

Volvió a masticar… en la vida a veces se hacía imperioso masticar… y se sentó. Practicó algunos pocos ejercicios de respiración, legado de una madre aficionada al yoga; obviamente todo igual. Y en solemne acto, con frente elevada y nariz apuntando al horizonte, en el que se dibujaba un atardecer enceguecedor, arrojó la rosa amarilla al río. Esta describió una parábola perfecta y acuatizó, como si fuera un sapo despatarrado, haciendo un ruido fofo, como a bolsa de nylon levemente inflada y con agua en su interior; y quedó flotando, pesada, como un pescado muerto panza arriba. Hizo un esfuerzo sobrehumano para no levantarse e irse riendo por lo bajo. Tenía una misión, idiota y mediocre, pero misión al fin; y la llevaría a cabo lo más seriamente posible, aunque todo le pareciera demasiado grotesco. Volvió a respirar, ejercicios de yoga mediante, y miró fijo la rosa. Hizo fuerza, con todo el cuerpo, con toda el alma, con todo su ser…y nada. La rosa-pescado muerto seguía flotando panza arriba, con los pétalos apoyados en el agua marrón; pesada, inútil.

Entonces movió su mano derecha, lentamente, hacia el costado, y acarició el suelo hasta encontrar lo que estaba buscando, cerró la mano con todas sus fuerzas, y con un solo y exagerado movimiento de su brazo arrojó la piedra que despedazó la rosa, convirtiéndola en un montón de placenteros y dulces pedacitos de mierda amarilla.

Todo el pesado y necesario proceso había terminado al fin, concluyendo de la manera ya sabida por él de antemano. Era por demás obvio que una rosa no podía ser inducida a levitación; él lo sabía, su cuerpo lo sabía, su mente lo sabía…. su alma, toda, lo sabía. Pero era necesario ese pequeño e idiota experimento practico, a fin de fijarlo con imágenes, racionalizarlo como un animal poco evolucionado, y no dejar cuentas pendientes con su cabeza; porque sabía que ésta, de lo contrario, se las haría pagar en el momento menos oportuno. Pensó en éste instante que había llegado el momento de buscarse una nueva amiga; cuando tuviera más edad, se podría convertir en un tipo de más de una relación a la vez? Podría evolucionar? Nunca lo sabría, hasta llegado el momento.

Al pararse y agarrar su mochila se dio cuenta que ya era de noche; volvió a meter la mano, esta vez sin mirar, y sacó de la mochila una lata de cerveza. La abrió, respiró hondo, se sintió bien al sentir que inhalaba el tibio aire húmedo proveniente del río, y se mandó un buen trago de cerveza casi tibia. Se calzó los auriculares, subió el volumen al máximo y cuando ese rocanrol estalló y el ya se encontraba caminando, se mandó el segundo trago, más largo que el anterior. Esbozó entonces una pequeña, casi imperceptible, sonrisa. Tiró la lata casi vacía hacia el río, que corría a su derecha, sin apartar la mirada de sus zapatos que alternadamente se apoyaban en la calle de tierra. La lata se detuvo en el aire, justo antes de tocar el agua, y permaneció así durante algunos segundos, para luego posarse delicadamente y quedar flotando en el río. Dio otro paso, y luego otro, y la sonrisa se hizo un poquito más perceptible.

 

 

 

 

 

 

 

 

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