ESPERA

CUENTO PUBLICADO EN ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL N° 10 DICIEMBRE DE 2016 DE  EL NARRATORIO http://www.elnarratorio.blogspot.com.uy

Código de registro: 1608108636382

Pidió al mozo la segunda cerveza de la tarde, tarde soleada, ventosa, seca. Sentado junto a la mesa contra el cristal de la ventana se sentía seguro, viendo pasar los taxis, transeúntes, perros; percibiendo el paso del viento y formando parte del paso del tiempo. Era sólo cuestión de esperar, tomar alguna cerveza más, mirar hacia afuera, respirar hacia adentro; y esperar. El bar estaba tranquilo, poca gente, los clientes habituales y pocos más. Todos con un estado de ánimo sincero, sin carcajadas, sin hablar del clima; los mozos caminando lento, el encargado atrás de la barra leyendo. Evidentemente el mejor lugar donde estar en ese momento.

Giró la cabeza hacia la izquierda, y vio como Tridente se dirigía por segunda vez al baño en menos de cinco minutos. Se concentró en el vaso vacío por un tiempo, y volvió a mirar hacia la izquierda en el momento exacto en que Tridente salía limpiándose la nariz. Sonrió levemente, y miró hacia la barra, viendo cuando el encargado le hacía una seña muy sutil al cuidacoches que estaba en la vereda de enfrente. Volvió a mirar hacia afuera, y dirigió la mirada a la barra cuando el cuidacoches tomaba la caña servida segundos antes y dejada sobre la barra sin destinatario aparente. Todo estaba sincronizado y él lo seguía, con la mirada o mentalmente, formando parte de lo que pasaba a su alrededor. Era parte de esa suave sinfonía, de ese equilibrado baile, y disfrutaba de la cadencia con que se desarrollaba.

Se paró, retirando suavemente la silla hacia atrás, y se dirigió al baño. Una vez adentro se dedicó a mear tranquilamente, y a jugar a hundir con el chorro el papelito de plomo que Tridente había dejado flotando en el agua del inodoro. Era en ese instante que siempre pensaba lo mismo, mientras Tridente viviese jamás necesitaría bolitas de naftalina. Hacía ya muchos años que no necesitaba las bolitas blancas de olor insoportable. Hacía ya muchos años que no necesitaba mirar los noticieros, hacía ya muchos años que no necesitaba muchas cosas. Sin embargo, habían aparecido en los últimos años nuevas necesidades, cosas aparentemente sin importancia pero que se repetían semana tras semana, mes a mes; preferencias que con el paso del tiempo se volvían costumbre, costumbres que devenían en rutinas, rutinas que al repetirlas en el tiempo, y disfrutarlas, se convertían en rituales. Como el ritual de esperar.

Había aprendido, casi sin darse cuenta, a esperar. Antes nunca esperaba nada, estaba todo el tiempo buscando, corriendo en pos de alcanzar, juntando para tener más, cuidando para no perder, vigilando para arrebatar. Claro que nunca sabía exactamente qué buscaba, qué corría, qué cuidaba o qué vigilaba. Y las cosas que juntaba, descubrió que tenían valor al estar juntas, al formar parte de ese grupo necesario de cosas de la vida cotidiana; al desprenderse de una de ellas, cualquiera de ellas, el grupo seguía siendo igual de necesario, ni menos ni más necesario. Sino simplemente igual de necesario. Lo que indicaba lo innecesario que era lo que había dejado de lado, más allá de que cuando formaba parte del conjunto parecía casi imprescindible. Así, poco a poco se fue desprendiendo de la mayoría de las cosas que había ido acumulando, tras años de trabajo, luego de muchas cuotas y créditos, y que le permitían, al tenerlas allí juntas, sentirse mejor, dormir, hablar con sus compañeros de trabajo, delimitar el territorio diario en el que (supuestamente) se movía su mujer. Pero luego de haberse desprendido de todas ellas vio como, casi sin darse cuenta, dejó de sentirse mejor y empezó a sentirse bien. Dejó de dormir y empezó a soñar, incluso a veces sin dormir. Dejó de hablar con sus compañeros de trabajo, porque de hecho entre las cosas que dejó, dejó el trabajo. Y claro, luego de desaparecer la obligación de pasar doce horas en la oficina (ocho horas diarias, más las horas extras, más las horas en negro arregladas con la empresa que eran las que más rendían), lo siguiente en desaparecer fue su mujer.

Todavía se acordaba, y muy bien, de la mañana que se fue. Se despertó con un poco de resaca, sólo un poco, nada del otro mundo, y sintió algo raro en la casa, como una atmósfera desconocida, como un agujero en la tierra donde antes había vivido un árbol, como una sensación de espacio liberado. No se dio cuenta de lo que faltaba hasta después de terminar el desayuno, cuando abrió la ventana del apartamento céntrico y encendió la radio. La música se escuchaba aterradoramente limpia, guitarras distorsionadas y casi disonantes, pero sin interferencias externas. Apagó la radio, miró alrededor, respiró varias veces, no percibió nada distinto; entonces cerró la ventana y volvió a prender la radio. Era increíble, el leve malestar continuo que siempre le servía como plataforma de lanzamiento hacia un nuevo y monótono día ya no estaba, había desaparecido. Así, sin apagar la música, se propuso encontrar el elemento causante de tal desconcertante bienestar. Caminó, y cuando entró al living casi colapsa, las cortinas estaban cerradas y, lo que nunca hubiera creído que podía pasar estaba ocurriendo: el televisor estaba apagado. Fue entonces que abrió las ventanas, aspiró profundo el smog que se zambulló en el living, y tranquilamente murmuró: – Así que mi mujer se fue.

Esa misma tarde vendió el televisor. Fue entonces cuando se dio cuenta que durante años había estado esperando. Sin saber que lo hacía, y sin saber qué esperaba. Pero finalmente llegó; y en ese momento se aclaró todo.

Desde ese entonces tenía ese ritual, y cada vez lo perfeccionaba más; la idea era simplemente andar por ahí y esperar. El truco, lo más difícil, era estar atento; tranquilo, no presionarse, sin tensiones, pero muy atento. Alerta. Y de un momento para el otro, algo ocurría, y entonces se daba cuenta que eso era lo que esperaba. En ocasiones eran cosas banales, como alguien que pasaba y le preguntaba la hora, o un vendedor ambulante que le ofrecía su mercadería. Lo importante era estar predispuesto y alerta. Porque ese simple episodio desencadenaría otro, y este último era mucho más importante, o derivaba en otra situación que de una u otra manera le traía bienestar, o algún tipo de beneficio, o conocimiento de cosas que previamente ignoraba. Así, cada vez prestaba más atención a cosas que antes pasaban para él totalmente inadvertidas. Como lo que le había sucedido hace exactamente cuatro meses atrás. Caminaba antes del mediodía por el barrio céntrico en el que vivía, y un simple movimiento de las ramas de un árbol provocó que el sol iluminara de manera especial cierto sector de una mesa de libros en oferta apostada en la vereda de una librería, y al acercarse y mirar se encontró cara a cara con un volumen de el libro que buscaba hacía más de seis meses en diferentes librerías, y nunca antes había podido encontrar. Así, de repente, se quedó frente a frente con un ejemplar usado de Milibares de la Tormenta de Julio Inverso. Así, ya no creía en el azar, o en la casualidad. Consideraba que todo estaba relacionado, que cuando algo ocurría era porque previamente había ocurrido otra cosa que lo provocaba y que, en mayor o  menor medida esto generaba un nuevo estado de las cosas, y el tiempo se manifestaba de una nueva manera cada vez que algo (por banal que fuera) ocurría. Y el tiempo manifestándose de una nueva manera generaba señales, sólo había que estar alerta y percibir esas señales para formar parte del paso del tiempo, y no simplemente sentarse a mirar cómo pasaba el tiempo. Y una vez que era consciente de formar parte del paso del tiempo, de ser parte del universo y de cambiar con él, continuamente, día a día, segundo a segundo, transformándose continuamente, el tiempo ya no importaba. Ya no era necesario crear falsos escudos contra los embistes del tiempo. Y sólo tenía que dejarse fluir, todo ocurría y nada era necesario. Había que tener la actitud activa, muy activa, de estar alerta, de reconocer lo que ocurría y formar parte de eso; y una vez en esa sintonía, todo fluía.

Cuando salió del baño y se dirigió a su mesa, la cerveza helada lo estaba esperando. Notó que el mozo le había cambiado el vaso; le había dejado otro, limpio y con el vidrio empañado por el frío del freezer. Miró al mozo y le hizo una seña de agradecimiento, éste sonrió. Llenó el vaso de cerveza, con muy poca espuma, tomó un trago largo, y continuó esperando.

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