NÁUSEAS

CUENTO PUBLICADO EN ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL N° 11 ENERO de 2017 de EL NARRATORIO http://www.elnarratorio.blogspot.com.uy

Código de registro: 1609249266780

Abrió los  ojos, confuso, y demoró en darse cuenta que ya no estaba dormido. No supo a ciencia cierta qué lo había despertado. Es que, en realidad, había más de una causa probable. Podría haber sido el calor, ya que estaba mojado en transpiración. También podría haber sido el ardor en las palmas de sus manos; o el ardor de toda su espalda.

En todos estos años, nunca había podido convencerse del todo que las manos le ardieran más que la espalda; era casi inconcebible, doce horas bajo el sol, con lo blando que era para el sol… piel blanca, piel de mierda… y sin embargo las manos siempre le ardían más. En fin, estaba despierto, había que salir de la cama como fuera. Estiró la mano, la posó sobre la silla que oficiaba de mesa de luz, y sacó un cigarrillo sin filtro del paquete. Lo sostuvo entre los labios, y sobrevino la bronca buscada; como de costumbre, como cada comienzo de día, no tenía como encenderlo. Así se levantó y, tambaleante, fue hasta la cocina de la vivienda. Agarró la caja de fósforos de sobre la mesa, y al fin prendió el cigarrillo. Parado en medio de la cocina aspiró profundo, sintió náuseas como siempre y, como siempre, no vomitó. Los días, así, eran una sucesión de náuseas y hechos que no llegaban a concretarse.

El calor era casi insoportable debajo del techo de chapas. El sol que entraba a pleno por la ventana, le enceguecía. Cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir. Luego de este gesto inútil y casi automático, obviamente todo seguía igual. Y no tenía ninguna intención de cambiar nada, nada!; mucho menos esta pasajera sensación de disconfort. Sabía que sin hacer nada, de a poquito, como diluyéndose, como evaporándose, como escapando a escondidas en puntas de pié para no molestar, las náuseas desaparecerían. Y, en realidad, ¿desaparecían o se acostumbraba a ellas tanto que se volvían imperceptibles? Daba igual, el resultado era el mismo: no sentía malestar. Y eso, justamente eso, que se aplicaba a absolutamente todas las cosas que sucedían o estaban ya sucedidas de antes, era la mayor virtud que le reconocía a algunos seres humanos; entre los cuales se contaba. Ese infinito poder de adaptación inagotable, ese magnífico y evolucionado poder de adaptación, ese necesario y tan asqueroso poder de adaptación. Gracias al cual él y toda una legión de pares aún seguían vivos; razón por la cual hace mucho, cuando aún era joven, había decidido, muy consciente de lo que hacía (o, mejor dicho, de lo que no hacía), no volarse la cabeza de un tiro.

Aún se acordaba de forma vívida del terror adolescente, al descubrir que no era más que un pobre diablo que no tenía ni una sola buena razón para pegarse un tiro. La desolación y el aburrimiento eterno, la falta de motivación y el hastío, día tras día, al no encontrar un solo desafío, una sola prueba por superar. En la niñez era fácil, y hasta divertido a veces, fingir que no entendía algo, demorarse más de lo necesario con una tarea en la escuela, o discutir con sus compañeros sobre cosas ya sabidas, dejando la mayoría de las veces convencerse con explicaciones del todo erradas según su entender. Pero cuando creció esos trucos se volvieron inútiles, la rabia empezó a expandirse dentro de su cuerpo, hasta que éste se sentía a punto de estallar ante la imposibilidad de contenerla. La rabia hacia absolutamente todo, y todos; pero una rabia tranquila, monótona, casi inútil; en realidad, absolutamente inútil. Una rabia sin odio. Aún le dolía profundo en el pecho, no haber sido capaz de sentir odio, al menos una pizca, un gramo, un poquitito de precioso odio. Esa hubiera sido la excusa necesaria para terminar con toda esa mediocre idiotez, para terminar con todo o con todos; o, porque no, con todo y con todos. Pero, si en realidad no era capaz de sentir odio ahora a sus treinta y tres años, no podía reprocharle a aquel joven de apenas catorce o quince años la incapacidad de sentirlo. Y entonces una vez tomada la decisión del tiro final, descubrió con horror que no tenía una razón valedera para hacerlo. No tenía la sensación de necesitar nada, y las pocas cosas que a veces creía necesitar, las alcanzaba con poco o nada de esfuerzo. No era infeliz; estaba aburrido, hastiado, pero infeliz no era. Claro, tampoco era feliz; de hecho su definición de felicidad estaba íntimamente ligada al concepto de ignorancia. Y por supuesto, tampoco se consideraba ignorante; y lo que era peor, nadie lo hacía sentir ignorante frente a ninguna situación específica. Y liquidarse tenía sentido si era un acto que lo motivara, que lo hiciera sentir algo; al menos en los últimos segundos previos al disparo. Matarse por aburrimiento era igual que vivir como vivía todo el mundo, sin tener una razón valedera para hacerlo, inventándose excusas todo el tiempo, que a corto plazo eran sustituidas por otras, lo que probaba que no eran más que excusas para permanecer, para durar, para tener el derecho insoslayable de seguir respirando un tiempo más. Si al menos fueran capaces de realizar fotosíntesis, pero no, la idea era respirar en forma lo más pasiva posible y perdurar un segundo más. Perdurar… vegetar…vivir… pudrirse de a poco y, mientras tanto, entre respiración y respiración, perdurar…

El horror fue  diluyéndose y dando paso a la sensación de acostumbramiento; sí, todo gracias al poder de adaptación. Y de a poco, como sucede prácticamente todo lo compatible con la vida, fue retornando a la pasiva existencia, en aparente comunión con la sociedad, al ir y venir sin sentido, inventándose excusas innecesarias para ir y venir. Sin ningún esfuerzo, sin ninguna sorpresa, culminó la secundaria. También sin ningún sobresalto un día se inventó una excusa para ir, y nunca más volvió. Nunca echó de menos la casa de su infancia, la de sus padres; obviamente tampoco a sus padres.

Un día se despertó debajo de un árbol, en una plaza céntrica, en un pueblo cualquiera, con frío, y decidió que empezaría a dormir nuevamente bajo un techo; que volvería a tener un domicilio fijo. Caminó unas pocas cuadras, encontró un grupo de personas y algunas máquinas que formaban parte de una cuadrilla que se encontraba reparando las calles. Se sentó a una distancia prudencial, y observó unos minutos. Se comportaban como todo grupo de individuos, de forma previsiblemente aburrida; había dos o tres que pico y pala en mano intentaban nivelar ciertos sectores de la calle, luego que pasaba una de las máquinas manejada por un cuarto, recibiendo previamente las instrucciones de un quinto. La segunda máquina, una aplanadora bastante maltrecha, se encontraba parada al costado de la calle, con el motor apagado. Y había un sexto, sin uniforme pero con casco que, bajo la sombra de un árbol observaba todo con actitud impaciente; se sacaba y se volvía a poner el casco sin razón aparente, y cada tanto recibía la visita del quinto quien le daba explicaciones y a quien hacía ademanes mientras movía la cabeza de un lado a otro. Obviamente, con quien debía hablar era con el sexto.

Se paró, agarró su bolso, optó por llevarlo agarrado con su mano izquierda, y no colgado del hombro como prefería hacerlo. Comenzó a caminar hacia el sexto; en ése momento  pensó que su aspecto seguramente no sería el mejor, miró alrededor, ningún bar u otro lugar donde pudiera haber un baño y un espejo. No se preocupó demasiado, tal vez fuera mejor así. Cuando se encontraba a poca distancia observó que el sexto, que seguía comportándose como si algo le molestara, tenía un encendedor en la mano y buscaba algo en sus bolsillos sin tener éxito, lo que parecía molestarlo aún más. Se acercó, procuró no estar demasiado cerca, no invadir ningún espacio ficticio.

Dijo: – Buenos días.

El sexto lo miró. – Sí?

Sin decir ninguna palabra le extendió el paquete de cigarrillos. El sexto lo miró nuevamente por unos segundos, y aceptó. Sacó un cigarrillo del paquete, lo puso entre los labios y, con el encendedor que aún tenía en la mano, lo encendió.

Le devolvió el paquete y le dijo: – Sin filtro, eh?

– Así me gustan; respondió. Parecía necesitarlo; agregó.

– Sí, creo que perdí los míos.

– También parece necesitar un peón más.

– El maquinista se fue hace dos días. Nos estamos atrasando.

– Si me lo permite, le puedo dar una mano.

– Sabe conducir?

– No; mintió. Pero necesito trabajar, y soy muy bueno con el pico y la pala; volvió a mentir, e instintivamente metió sus manos en los bolsillos. Si alguno de sus trabajadores puede conducir, yo podría ocupar su lugar mientras él maneja la aplanadora y le solucionaría el problema. Y si no es así, tendría un peón más trabajando de a pie, y todo se haría más rápido.

– Sí, es verdad, pero… es que los papeles de la empresa, seguro laboral, ingreso en planilla, y demás trámites, demoran unos días.

– Por mí no se preocupe, no voy a hacer ningún reclamo; si al final de la jornada no le sirvo, me lo dice y no me ve más. Si sirvo, bueno, entonces hace todos los trámites que la empresa le exige. No pretendo que me pague nada hasta que esté todo el papeleo listo, puedo trabajar a la par de cualquiera de sus trabajadores sólo a cambio de un lugar para dormir. Si usted considera que sirvo, arregla entonces con su empresa los papeles, salario, etc.

– Y… si se lastima mientras está a prueba?

– Nunca diré que estoy a prueba, y en ese caso, obviamente me lastimé realizando tareas personales.

El sexto dudó, pero en realidad necesitaba un trabajador más, y sabía que la empresa jamás le enviaría el peón ya solicitado hace dos días; tenían mucho trabajo en la ciudad, y el ya no soportaba más la estadía en ese pueblo lejos de su casa.

– Bueno si es así, podría dormir en el vagón de la cuadrilla, comería con los peones y, si sirve para el trabajo, cuando lleguemos a la ciudad yo me encargo de que lo contraten.

– Eso estaría muy bien, yo se lo agradezco mucho; y quede tranquilo que si pasara algún accidente, yo me lastimé en las cercanías y usted me ayudó, pero yo no sé ni su nombre.

Éste último comentario tranquilizó mucho al sexto.

Y de esa manera, sin demasiados sobresaltos, comenzó a trabajar. Cuando terminaron las tareas en aquel pueblo, volvieron a la ciudad; y obviamente fue contratado. Se instaló en aquella ciudad, alquiló la vivienda, empezó a tener una rutina. Seis días trabajando en las calles con el pico, bajo el sol, hacía que las noches fueran más tranquilas. Cuando llegaba de trabajar, con las manos destrozadas y la ginebra dentro del bolso, sentía el cansancio necesario para ignorar el ardor en su espalda y tumbarse a leer. Hacía ya seis meses que podía dormir, lo mismo le había pasado cuando se fue de la casa de su infancia, tuvo varios meses de buen sueño; bueno, en fin, de sueño y basta. Lo que era bueno, y lo habilitaba a llamarle buen sueño.

Fue así que aquel mediodía se despertó, con resaca, algo cansado; obviamente con las manos desechas y con la espalda ardiendo, pero no agobiado. No con la cabeza pesada de tanto pensar toda la noche, de formular preguntas sin respuestas. De dar vuelta en círculos mentales que no llevaban a ningún lugar nuevo. Se despertó tranquilo, por primera vez en mucho tiempo. Y casi sin darse cuenta, había terminado su primer cigarrillo del día, y las náuseas habían desaparecido.

Se dio una ducha rápida, pensó dos segundos en las semejanzas que tenía la lectura de la noche anterior con el jazz que escuchaba en su adolescencia. No desayunó.

Un domingo sin trabajo, un día tranquilo; el sol inundaba todo. Salió a la calle, miró alrededor, vio rostros plácidos, vio niños corriendo, vio bolsas de supermercado, vio hombres leyendo el diario y lavando sus autos; vio mujeres con la mirada vacía, gritando a niños que creían de su propiedad, y sintiéndose bien al hacerlo. Flotaba en el aire una tranquila felicidad colectiva. Entonces caminó hasta la esquina, dobló a la derecha y, antes de sentir náuseas otra vez, se hundió en el bar.

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