JUNTAMISERIAS

CUENTO PUBLICADO EN ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL N° 13 MARZO DE 2017 DE  EL NARRATORIO http://www.elnarratorio.blogspot.com.uy

Código de registro: 1611189857294

 

Cuando leyó en la fachada de la oficina, escrito con pintura negra y trazo seguro:

“Cada vez necesito menos para colocarme.

Cada vez necesito más para preocuparme.

Es la vejez, hermano.

Es la vejez…”

tuvo la seguridad inmediata que el autor de aquel graffiti era Tridente. También supo al instante que lo había escrito hacía poco, el carácter personal del texto así lo sugería.

Desde que había salido de la clínica, hacía ya varios meses, lo que escribía Tridente en los muros era más personal, haciendo referencia a sentimientos propios, prácticamente en oposición a las citas más antiguas.

Había llegado, como era habitual en ella en estas situaciones, quince minutos antes de que la oficina abriera. Estacionó en el lugar que tenían reservado los clientes ejecutivos; antes de bajar del auto se miró en el espejo retrovisor, todavía se veía joven, todavía se veía atractiva. Aparecían, sutiles, algunas arrugas alrededor de los ojos que, a decir verdad, le agregaban sofisticación a un rostro acostumbrado a verse bello.

Cuando pensaba en Tridente siempre se sentía de la misma manera, algo así como una leve melancolía agradable. La percepción de una leve y cálida brisa otoñal, vestigio de lo que fue un fuerte y caliente viento de verano… de muchos veranos, con sus respectivos inviernos. En aquella época, no tan lejana, las estaciones de transición no existían, del verano más caluroso se sumergían en el invierno más crudo, sin ningún tipo de reparos.

Precisamente pensaba en ello mientras cruzaba la calle, en diagonal hacia el café.

 

 

 

El olor al entrar al bar a la mañana le resultaba impersonal y, aún hoy, a pesar del paso del tiempo, se negaba a llamarle café. Para ella seguiría siendo Bar, hasta el día en que entrara por última vez; Bar… así como lo había vivido durante tanto tiempo, así como lo había respirado y sudado, así como lo había sangrado… Bar, así como lo seguía viendo, tan de lejos; pero adentro, aún hoy… treintañera, bellísima, ejecutiva exitosa, tan lejana… y, queriendo estar tan cerca…. y sabiendo, que no podía, por más que quisiera. Sabiendo que estaba tan lejos, aún estando en el mismo lugar físico, tal vez a otra hora, pero en el mismo lugar. Había vivido los mismos lugares y, algunas veces, a las mismas horas; y, sin embargo, resultaba tan aséptico, tan estéril.

No miró hacia la barra cuando entró.

Simplemente se aproximó a la mesa que descansaba junto a la ventana que, vidrio mediante, se enfrentaba GyE Co. Una gran fachada gris, un gris pintado, elegido, mejor dicho….seleccionado; como la habían seleccionado a ella alguna vez. Una gran fachada  gris con una puerta de acero, lateralizada hacia la derecha; y, sobre la izquierda de la gran puerta de acero, las frases negras. Las frases de Tridente. Las frases…

Las frases del tipo que, cuando ella aún tenía diecisiete, y el ya tenía dos hijos, y tres o cuatro vicios, la enamoró.

Las frases del roquero incorruptible. Las frases del poeta, del sabio, del instruido chamán, del romántico filósofo, del hijo de puta más grande de todos los tiempos. Del cretino idiota, del miserable y vil juntamiserias. De  Tridente…

Se sentó a la mesa, pidió un café, se calzó los auriculares, instintivamente sacó la caja de cigarrillos del bolsillo y la colocó sobre la mesa, a la derecha. Tomó la carpeta que llevaba consigo, la posó sobre la mesa, enfrente a ella, y la abrió.

 

 

 

Al llegar el café, ya estaba leyendo nuevamente el contrato que pensaba hacer firmar al accionista principal de GyE Co. No debería ser muy difícil, un simple contrato de servicios, con uno o dos puntos débiles, que no deberían ocasionarle mayor problema, que se podían disimular fácilmente con algunos artilugios técnicos  explicados rápidamente y con gran seguridad y, de ser necesario, alguna sonrisa oportuna al director general y a su abogado. La reunión no debería llevarle más de media hora, y antes de las diez debería estar ya en la oficina con el contrato firmado. Lo único que le restaba por hacer ahora era escuchar música, tomar el café, releer por enésima vez el contrato y mirar a través de la ventana.

Primero llegaría el abogado, 2 o 3 minutos antes de las 9:00, estacionaría su Audi, descendería con el saco colgando del brazo y se dirigiría hacia la entrada principal, donde el guardia de seguridad lo reconocería y le abriría la puerta. A las nueve en punto abriría la compañía. A eso de las 9:05-9:10 llegaría el director, estacionaría enfrente a la entrada principal, no en el estacionamiento, descendería del auto sin apuro, se detendría en la puerta, luego de saludar al portero con un apretón de manos, giraría sobre sí mismo y casi distraídamente le pondría el seguro al automóvil con la llave electrónica, para retomar despacio su ingreso a la compañía. Inmediatamente saldría alguien, presuroso, quien sería el encargado de ubicar el auto en el estacionamiento. Cinco minutos después, tiempo suficiente para que le informaran al director que ella todavía no había llegado, pagaría el café, guardaría los auriculares, pondría la caja de cigarrillos en el bolsillo, con la misma cantidad de cigarrillos con la que entró al bar, cruzaría nuevamente la calle, y entraría a la compañía.

Miró el reloj, 8:57.

Hacía apenas algunas horas, había tenido sexo. Tenido, justamente esa era la palabra que mejor lo describía; satisfactoriamente había transcurrido la noche, agradable, limpia, musicalizada……pero, no perfumada. Hacía ya años que no tenía una noche perfumada; sucia, ruidosa (no música, ruido…), siempre un poco violenta….., sublime, eterna. Cinco o seis años…. Después que dejó de ser parte de la vida de Tridente, lo siguió viendo, a escondidas, en los mismos lugares que antes formaban parte de su cotidianeidad. Encuentros furtivos, prolongaciones de supuestos acercamientos obligados, transacciones que se deshilachaban en presentes de pasados no resueltos, y que se terminaban definiendo como orgasmos desesperados a la luz de la noche, con mordiscos, llantos, gritos, y el siempre infaltable, último pico. Y la frase que quedaba suspendida, hamacándose en el calor dulce de la noche “cuando suspires de dolor, el aire que exhales seré yo”

Apuró el último trago de café. Se acarició el antebrazo izquierdo. Suspiró. Los ojos quedaron vacíos por un segundo.

 

Miró a través del vidrio. Estacionó un Audi deportivo en el estacionamiento de enfrente.

En los auriculares sonaba “…fue abrir  y se metió en mi casa un amanecer. Joder! Que bien!..”

Ahora, en la entrada de GyE Co, el portero saludaba con un apretón de manos al director general.

“…que porque no sale sola? Porque no le da la gana….”

 

Levantó una mano pálida, de dedos largos y uñas cortas.

Se acercó el mozo. Ella le entregó un billete. Cuando el mozo se dispuso a darle el cambio sonó un:

– Está bien, que tengas un buen día.

– Hasta pronto, Luna.

 

 

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