ESE MALDITO FRÍO

CUENTO PUBLICADO EN ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL N° 14 ABRIL DE 2017 DE  EL NARRATORIO http://www.elnarratorio.blogspot.com.uy

Código de registro: 1701100332303

La liviana manera de percibir ese suave bienestar no llegaba a generar una sensación de placidez lo suficientemente digna como para, por lo menos, diluir la amarga sensación de dolor, mal olor y vergüenza. El calor en la piel era todo lo que necesitaba… no daba para mucho, sabía que era una especie de máscara que escondía un rostro indigno, cretino y rastrero. Pero, era todo lo que necesitaba; con esa sensación de calor generalizado soportaba todo el resto. Soportaba todo el día que todavía no había comenzado.

La resaca era dura, la memoria vengativa. Era mejor no acordarse de algunas cosas, y sería tan bueno acordarse de otras…

Luna le había dicho antes de dormirse, llorando, no podés ser tan hijo de puta. De eso se acordaba muy bien; y se acordaba en detalle de la expresión de su rostro al pronunciarlo: no podés ser tan… Sin embargo no se acordaba porque se lo había dicho…

La resaca era dura, la memoria vengativa.

Durante las últimas horas de la tarde anterior y las primeras horas de la noche habían pasado suficientes cosas como para que ella se sintiera herida, sin embargo luego del mediodía y en la primera parte de la tarde todo había estado tranquilo; se podría decir que el día había comenzado bien. Aburrido, pesado, insulso…pero bien. Siempre había sido así con Luna luego de los primeros dos años. Una vez que se fue diluyendo toda la fascinación inicial de ella por él, dejaron de tener momentos compartidos de euforia. Cuando los tenía ella, generalmente al comienzo del día (que siempre comenzaba después del mediodía), el estaba hastiado, sin motivación. Cuando los comenzaba a tener él, ella se empezaba a sentir ahogada, obligada a una rutina de rituales que ya la cansaba; y el final de la jornada para ella (generalmente en las primeras horas de la madrugada) casi siempre resultaba conflictivo y violento. Nunca pudieron, tampoco trataron de, recuperar la sincronía inicial, la de los primeros años. Aquella que los llevaba a una fascinación mutua que se auto impulsaba a través de la noche y los dejaba exhaustos y felices al amanecer, terminando la jornada dañados, exultantes y caídos uno sobre el otro en el colchón que siempre descansaba sobre el piso de la pieza de pensión en la que vivía Tridente, como fulminados por la luz del sol de la mañana.

Giró la cabeza, que aún sentía pesada, hacia la derecha y, entre los rayos de sol que entraban tangencialmente por la ventana, pudo divisar la cuchara con el fondo negro, la jeringa y el mechero. Esa imagen siempre le daba asco, era el único de sus vicios que al mirarlo directamente le daba asco, los otros, todos los otros, le generaban una especie de orgullo, eran algo así como una marca que lo diferenciaba del resto. Según Luna, un maquillaje idéntico al del resto de los idiotas… “y mirá que los idiotas son muchos…”

Sol, calor, apatía, el olor… ese maldito olor…la ventana, el mechero, la cuchara… y Luna que se fue. Otra vez…

– Sabés que me gustaría que hoy, cuando salgamos a pintar, bueno, cuando vos salgas y yo te acompañe… me gustaría que pintaras la pared que está frente a la iglesia, esa que es de una oficina municipal. Te gustaría?

– La verdad… son algo así como las 2 o 3 de la tarde, y no me motiva mucho pensar en lo que va pasar en la noche con el sol rompiéndome los ojos.

– Y porque te sentás al sol, entonces? Si, ya sé, el suave calor que te ayuda a soportar todo el resto… sabés que te quedan muy bien esos lentes?

– Cumplen su función. Sabés que te queda muy bien esa piel?

– Cumple su función.

– Y cual sería?

– Hacerme sentir que se quema cuando la tocás.

– Vení

Sol, calor, olor a café, la ventana, los rayos tangenciales bañando el cuerpo desnudo de Luna…

-Poné Blues Tridente.

-Porque siempre querés escuchar Blues después de coger? El Blues es para antes, después tenés que escuchar Rocanrol… Pearl Jam.

-Tenés que escuchar? Mmmm… No voy a decir nada con respecto a eso. A vos te gusta el Blues Tridente…

– Mucho, pero para antes… Que es lo que más te atrae del Blues?

– Que es como vos.

– Si? Y como es?

-Está roto… pero suena íntegro.

– Me alcanzás el whisky?

– Ya vas a arrancar? Te parece?

– No se trata de lo que me parece o no. Además yo nunca paré. Simplemente, bueno… dormí un poco.

– Si, como el Blues. Tomá.

Le alcanzó la botella que estaba sobre el parlante.

– Le pido hielo a la vieja, y te traigo; y ya de paso me doy un baño. Más te vale que cuando llegue con el hielo la habitación esté inundada de Blues.

– La habitación está inundada de vos My Little Girl.

Tridente agarro la botella por el cuello y le dio un trago largo.

– No sé como podés tomarlo así a esta hora… No te traigo hielo entonces?

-Igual que como podés vos de madrugada… sí traéme, voy a empezar, bueno, a seguir con hielo. Además me sirve para los brazos…

– Creo que te pasaste con los pinchazos anoche.

– No voy a decir nada con respecto a eso… cuanto hace que no te picás?

– Lo decís como si lo hubiera hecho toda la vida!!!  Hace 8 meses, 3 días, y… (mirando el reloj) 15 horas.

-Si, ya sé que antes de conocerme nunca…

– Que nunca me haya picado antes no quiere decir que no hiciera otras cosas… así que no sos el culpable de todo querido. Bueno, me baño y te traigo el hielo. Y que pasa que no escucho Blues en esta pieza?

Luna se puso un jean muy grande (de ella) y una remera de algodón más grande aún (de Tridente) que en la parte de atrás tenía una leyenda que decía:

VENGO DE LA CASA DE TU NOVIA

CUANDO LLEGUES DALE TIEMPO DE RECUPERARSE

Tridente eligió un vinilo de la pila y lo puso en el audio.

Luna entró en la habitación vestida con el jean y la remera, que la dejaban más delgada aún, y el pelo mojado. Al abrir la puerta la envolvió el sonido del vinilo de Clapton tocando una versión de Crossroads. Tridente dormía boca abajo cubierto por la sábana y el sol. Apoyó el recipiente con hielo en el piso al lado del colchón y se sentó, sobre el colchón pero del otro lado. No era demasiado amiga del sol, pero le gustaba secarse el pelo con él. Mientras removía su pelo con los dedos, sintiendo que se calentaban alternadamente distintos lugares de su cabeza, miraba la cuchara con el fondo negro y el mechero. Tridente se había pasado, sin lugar a dudas; demasiados pinchazos para una sola noche. Estaba con la tolerancia que pronto desencadenaría otra internación. Con lo que había gastado en esa noche podría pagar el alquiler de tres meses de pensión. Pero Tridente era así, así lo conoció y, seguramente, así sería toda su vida. Por lo pronto se sentía triunfante por no haber cedido a la necesidad de picarse. A la enorme necesidad… Estuvo a punto, pero no lo hizo.  A veces le daba la impresión que Tridente la ponía a prueba, no tenía porque picarse delante de ella, podía perfectamente hacer como hacía cuando había alguien más presente y alejarse lo suficiente como para que no lo vea. Nadie mejor que él para saber cuánto le costaba verlo inyectándose, cuanto le costaba no mandar todo a la mierda y picarse otra vez.

Se acarició repetidamente el antebrazo izquierdo, dejó caer la cabeza hacia atrás dejando los ojos en blanco. Retomó su posición inicial, la mirada quedó vacía por unos segundos. Se sintió morir un instante. Y se levantó de un salto. Fue hasta la cafetera y se sirvió una tasa llena de café amargo, luego del primer gran trago de café caliente, fuerte… muy fuerte, se sintió mejor. Respiró hondo, sintió el aroma a café y sintió el aroma a Tridente. El Blues se sintió más claro que nunca. Y sintió el olor a tierra… siempre que escuchaba Blues, en ese estado de fragilidad, sentía olor a tierra seca.

No lograba entenderlo aún, no lograba descifrar porque sentía olor a tierra seca. Le pasaba desde hacía, por lo menos, 10 años. A los 14, había sido la primera vez, escuchando a Robert Johnson. Se había encerrado en su dormitorio luego de una de sus tantas peleas con su madre, pero ésta vez su papá que siempre la apoyaba no la había defendido. Puso Blues, trancó la puerta y se tumbó en la cama, lloró y cuando dejó de hacerlo, todavía con el rostro mojado por las lágrimas, sintió el olor a tierra. Desde entonces lo sentía cada vez que escuchaba Blues en un estado anímico vulnerable.

Junto con el aroma a tierra, llegó la calma, se sintió plena, se sintió bien. Siguió disfrutando del café y del Blues. Tal vez en la noche Tridente pintara esa pared… sabía que lo haría, sabía que aunque a él le fastidiara la idea de pensarlo antes, al decírselo, lo estaba condenando a realizarlo. Y se sintió bien al tratar de imaginar qué podría pintar Tridente en la noche. Qué podría pintar en esa pared, en su pared… que podría pintar por su pedido… que podría pintar para ella. Blues… café… sol… bienestar…

Cuando cerró la puerta de hierro de la entrada a la pensión, miró hacia adentro y volvió a sentir una desolación enorme al ver el pasillo largo con puertas enfrentadas a ambos lados; la misma desolación que sintió la primera vez que se paró frente a esa puerta, mientras esperaba que Tridente la abriera y la invitara a pasar, hace ya años. Muchas veces ya se había despedido sin despedirse, las últimas tres veces había sido igual, se había marchado mientras Tridente dormía. Cerró la puerta, giró sobre si misma con la certeza de que ésta era la última vez, que ya no regresaría.

Mientras caminaba mirando el suelo y tratando de no pisar la unión de las baldosas de la vereda, sintió frío, el sol del mediodía caluroso golpeaba sin piedad su cuerpo, pero el frío persistía… al pasar frente a la iglesia miró la pared a su lado, y leyó:

DEJEN DE QUERER RESUCITAR CADA DOMINGO LO QUE NIETZCHE YA MATÓ HACE TIEMPO

Y junto a la pared y a las letras vio a Tridente en medio de la madrugada, con el aerosol en la mano, con el cigarro colgando de sus labios, con la victoria en sus ojos; se vio a ella parada a un costado, eufórica, con la botella de whisky en la mano,  con una remera enorme de Tridente, y con la sospecha en los ojos de un amanecer feliz.

Se colocó la capucha de la campera de algodón que llevaba puesta, se acomodó los Wayfarer negros, se levantó la manga izquierda de la campera, se mojó los dedos índices y mayor de la mano derecha con saliva, y con los dedos mojados limpió el pequeño rastro de sangre seca de su antebrazo izquierdo, dejando al aire el pequeño puntito rojo que se hizo brillante… la boca seca, palpitaciones que se hacen más presentes de lo que deberían, y luego desaparecen, la opresión en el pecho, y la sensación vieja y conocida de la derrota.

Al llegar a la esquina, no miró el grafiti estampado en el muro del estacionamiento, aquel que Tridente pintó hace casi un año y que continúa escupiendo la frase:

ESE DOLOR PUEDE SER EL COMIENZO DE LA LIBERTAD… O DE UNA ETERNIDAD EN EL INFIERNO

Simplemente cruzó la calle, y siguió caminando, hacia ningún lugar, con frío… con mucho frío.

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