CIERTO ATRACTIVO AGREGADO

CUENTO PUBLICADO EN ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL N° 15, MAYO DE 2017, DE  EL NARRATORIO http://www.elnarratorio.blogspot.com.uy

Código de registro: 1704241900080

 

Cuando Oscar vio a Luna sentada en el suelo de la cancha de básquet de la plaza de deportes del pueblo, con la espalda apoyada en el pie del aro, con la capucha puesta, los anteojos negros también puestos y temblando de frío a pesar del atardecer caluroso que azotaba la ciudad, dejó de lado toda timidez… no había lugar a dudas, una mujer como aquella merecía todo tipo de catedrales, por Luna se ponían en duda imperios enteros. Las guerras no se libraban porque ella lo quisiera, sino por si tal vez lo quería.

Luna…la magnitud de su femineidad lo justificaba todo.

Oscar llegaba al centro desde una caminata a orillas del río, por la calle de tierra que corría paralela a éste. En los últimos días había saldado algunas pequeñas deudas pendientes con su cabeza. Hoy había escuchado unos cuantos rocanroles, ya se había sacado los auriculares al entrar a la ciudad y los llevaba colgando del cuello; también se había tomado dos latas de cerveza, la última prácticamente tibia, bastante insulsa… una de tantas lager con más reputación que personalidad. Se disponía a pasar por el Bar, tomar un café en la barra y, con un poco de suerte, encontrarse con el Tipo que Espera. Era bastante probable que en un día de calor tan intenso, y siendo ya casi de noche, estuviera allí… esperando. Lo había cruzado hace un par de semanas mientras él salía del Bar y El Tipo que Espera entraba, y le había dicho que tenía algo que le iba a interesar mucho:

  •  Hola Oscar. No te imaginás el libro que encontré!!! Te va fascinar. Por ahí te lo puedo prestar… mejor no. Te lo muestro y listo. No te lo presto nada, al menos por unos meses… después vemos.
  •  Bueno, me quedo y me mostrás.
  •  Adónde te vas?
  •  A lo de mi novia… pero me puedo demorar un poco.
  •  Mejor no, andá… pero pasá antes por la feria, por el puesto del artesano nuevo, el rubio medio idiota… el de pelo largo.
  • Y porque habría de…
  •  Vos pasá. No pares ni nada. Sólo andá al puesto del hijo de Tridente, el te va a estar esperando. Desde allí vas a ver todo. Y… después te venís para acá y vemos.
  •  Mierda. Voy. Pero no me esperes. No vuelvo. Nos vemos mejor otro día. Y que libro tenés? Ahora decime.
  •  Jamás. Cuando lo veas te vas a caer de culo!!! Andá, solucioná eso y después nos encontramos y nos tomamos unas cervezas… y te muestro…
  •  No voy a solucionar nada. Voy, miro y desaparezco.
  •  Sabio mi pequeño amigo… sólo te hace falta depurar el arte de esperar y sos un ser evolucionado.
  •  Para eso estás vos… gracias por el dato.
  •  Recordá que el hijo de Tridente te espera, no te mandes de una.
  •  Chau. No vemos

Y así Oscar salió del Bar, El Tipo que Espera entró y la puerta de vidrio se cerró.

Una vez en la feria, desde el puesto del hijo de Tridente pudo confirmar que su novia estaba en el puesto del Visitante. El hijo de Tridente le confirmó que había estado allí toda la tarde. Oscar no permaneció allí mucho tiempo, se despidió del hijo de Tridente y se fue. Compró un regalo de despedida, al otro día de noche se lo llevó a su novia y no la vio más.

Hacía una semana que luego de salir del colegio emprendía una caminata a orillas del río, no le llevaba más que un par de horas; a veces se demoraba un poco más, a veces un poco menos. Luego volvía al pueblo y encaraba la noche. Esta caminata le generaba la sensación de que se ordenaban ciertas cosas en su cabeza, era muy placentera, caminaba tranquilo, escuchaba música por los auriculares, cada tanto se los sacaba para escuchar el ruido del río corriendo a su lado, y cuando empezaba a sentir un leve cansancio en sus pies su cabeza parecía estar un poco más ordenada, más liviana. Dos días antes, en la cuarta o quinta caminata, al retornar, había hecho un ranking.

En éstos días lo que hacía era caminar hasta cierto lugar, siempre el mismo, en el que entre la calle y el río había un espacio más grande, una especie de estacionamiento natural; de hecho a la noche habitualmente ahí paraban autos y, a veces, allí se juntaban algunos de sus compañeros de clase a escuchar música, tomar, drogarse y esperar el amanecer. Bueno, una vez que llegaba allí se sacaba los auriculares, abría una cerveza y volvía sobre sus pasos. El retorno generalmente implicaba algún ejercicio mental, ya no bastaba sólo con la música. Y hace dos o tres días ese ejercicio fue construir una lista de las mujeres más lindas del pueblo. Había definido 5 ítems a puntuar. Personalidad, rostro, tetas, culo, andar. El andar de una mujer, según su entender, era importantísimo. Le daba dos puntos a cada ítem y listo, cuatro era insuficiente, cinco apenas suficiente y diez… Las participantes debían tener al menos 16 años y no más de 35. La única que había logrado diez era Luna. La que le seguía, digna rival y un ejemplar destacadísimo del género femenino, había puntuado ocho, y debía reconocer que le había adjudicado dos puntos en personalidad…lo mismo que a Luna, reglas que había que respetar, pero obviamente Luna era muy superior en personalidad… y en su andar; si hubiera definido que a cada ítem se le otorgara un máximo de 5 o 10 puntos, la diferencia sería abismal. La novia de Tridente era sin lugar a dudas la mujer más hermosa que caminaba por esas calles. Y Tridente el tipo más desquiciado…

La silueta de Luna sentada permanecía inmóvil con los antebrazos apoyados sobre sus rodillas y, si no fuera por el rápido y rítmico movimiento de uno de sus pies que golpeaba permanentemente contra el suelo, Oscar hubiera jurado que estaba dormida. Oscar no apuró el paso, simplemente siguió caminando a la misma velocidad, pero cambió de dirección; desde la vereda de la plaza apuntó hacia Luna y se dirigió en diagonal hacia ella. Estaba lanzado, no había vuelta atrás.

La última vez que había estado con Luna y Tridente fue en el Bar, Luna tomaba cerveza y hablaba mucho, Tridente tenía un cigarro puesto entre la oreja y la cabeza, la única parte de su cabeza en la que tenía el pelo rapado. En ése momento pensó que no le extrañaría nada que la única razón por la que se rapaba el pelo a los costados fuera para usarlo de apoya-cigarros. Tenía un vaso de whisky sin hielo apoyado en el mármol de la barra, con el que jugaba moviéndolo de un lado a otro con sus dedos. Las otras tres personas que estaban con ellos, o mejor dicho que los rodeaban, incluyendo el dueño del Bar del que los separaba la barra, permanecían callados mirando y escuchando a Luna, casi absortos. Entró al Bar con tres libros bajo el brazo, menos de la mitad de las mesas estaban ocupadas, pero toda la acción se encontraba en la barra; esa reunión lo intimidó bastante por lo que apenas traspasó la puerta se dirigió al baño, una vez adentro se apoyó en el lavado, se miró al espejo, se lavó las manos, para hacer esto tuvo que apoyar los libros sobre la cisterna, y luego de secárselas con un par de toallas de papel salió y se dirigió hacia la barra. Cuando llegó sólo Luna lo miró, lo miró y dijo: – Hola Oscar.

Y siguió hablando, habló, y habló, y habló…

Habló de la sincronía de las ideas, habló de la rigidez relativa de la poesía y habló de la limitación del lenguaje… menos mal que el lenguaje era limitado, sino se derretirían los polos y Luna seguiría hablando. Por su parte, él podía pasar la eternidad que no habitaba escuchándola, podía morir escuchándola, podía… vivir escuchándola.

Luego de unos minutos Tridente, sin mediar palabra, le toco el hombro y muy suavemente lo empujó colocándolo en el lugar en el que él se encontraba, para así salir de la reunión y dirigirse al baño. Luna lo miró, sin dejar de hablar, le sonrió y siguió hablando. Sintió inmediatamente el odio de los otros dos, el dueño del Bar puso whisky en el vaso vacío de Tridente y lo miró con amabilidad.

  • Que vas a tomar Oscar?

Oscar miró el vaso recién servido de Tridente, miró al dueño del Bar y lentamente pronunció la palabra cerveza.

  • IPA tirada?

Oscar sonrió y asintió levemente con la cabeza.

Al volver Tridente del baño, los otros dos oyentes de Luna se movieron de forma apresurada, dejándole espacio, pero Tridente se paró en el lugar exacto que Oscar dejó al alejarse un poco de la barra. Otra vez odio colectivo… otra vez bienestar.

Tridente le extendió los tres libros que había dejado en el baño, y habló. Luna paró de hacerlo justo dos segundos antes.

  • Te olvidaste de estos muchachos en el baño, sobre la cisterna. Me tomé la libertad de disfrutar de uno de ellos.
  • Tan rápido lo leíste?

Cuando terminó de formular esta pregunta notó la ironía y la sonrisa de Tridente. Miró los libros y advirtió que el volumen de tapa dura de Historia Universal de la Infamia de Borges era el de la parte superior de la pila. Los otros, dos volúmenes de tapa blanda de Franny y Zooey de Salinger y Diez (posibles) causas para la tristeza del pensamiento de George Steiner, completaban la pila y estaban por debajo De Historia…

  • Hay más de una manera de disfrutar de los libros, querido Oscar.
  • Por supuesto, nunca pensé que fueras un tipo unidimensional a la hora de disfrutar la literatura…
  • Siempre opiné que Borges es un viaje…
  • De ida?
  • Los viajes son viajes, las idas y vueltas son interpretaciones de los viajeros, el viaje es el mismo.
  • Siempre pensé que el viaje es siempre distinto…
  • El que es siempre distinto es el río… y los viajes, en plural. El viaje en cuestión, sea cual sea, es uno.
  • De acuerdo. En este caso Borges sería el viaje.
  • Y la tapa de tu hermoso libro la barcaza.
  • Te agradezco que la hayas limpiado.
  • Un buen vikingo deja el barco en condiciones luego de navegar.

Luna se acercó, besó a Tridente en la comisura izquierda de los labios y le pasó las puntas de los dedos por los orificios de la nariz, como limpiándole con ternura los restos imperceptibles de un polvo blanco que no se veía. El dueño del Bar sonreía y los otros dos miraban sin entender nada. A partir de ahí fue un diálogo de tres, con Tridente hablando a 150 kilómetros por hora, Oscar escuchando y apoyando o cuestionando oportunamente y Luna sonriendo, a veces riendo abiertamente, y abrazando a Tridente y asintiendo cuando Oscar hablaba. El recuerdo del final de esa noche es bastante confuso, luego de mucho hablar salieron del Bar, el dueño le dio a Tridente la botella de whisky por la mitad, a Luna una caja de cigarros y a Oscar una botella de cerveza. Cuando Oscar quiso pagársela le hizo una seña con la mano deteniéndolo, y les dijo:

  •  Que tengan una buena noche.

Ya en la calle, todo se vuelve más fragmentado, imágenes, frases, risas. Tridente ya con el aerosol en una mano y la botella de whisky en la otra, Luna con un cigarro entre los labios y riendo. Tridente caminando por encima de un auto, la alarma que se suelta y los tres que corren. Luna bailando bajo la luz de un foco sobre un enorme tacho de basura. Oscar sentado sobre el cordón de la vereda mirando como Tridente ataca con el aerosol negro una pared, mientras Luna está parada a su lado sonriendo y leyendo lo que escribe. Tridente y Luna abrazando a Oscar absolutamente borracho y tambaleante, uno de cada lado, abriendo la puerta de la casa de sus padres y ayudándolo a entrar. Y al otro día la resaca… y un bienestar enorme, y más resaca.

Recién al llegar al lado de Luna Oscar percibe que, además del movimiento del pie, está temblando de frío. Luna lo mira desde abajo, se saca los lentes, deja al descubierto las ojeras más hermosas que Oscar haya visto o imaginado en su vida.

Oscar se agacha frente a Luna, apoya su mochila en el piso, la abre y saca una campera de cuero negra. Con ambas manos la coloca sobre los hombros de Luna. Ella lo mira, esboza una sonrisa, suspira, mira el suelo, lo vuelve a mirar, una mirada profunda y limpia… y pronuncia las palabras:

  • Un tipo que aparece en el momento justo tiene, necesariamente, cierto atractivo agregado. Hola Oscar.

Y Oscar dijo todo lo que su lucidez momentánea luego de escuchar aquello le permitió decir:

  • Hola Luna.

 

 

 

 

 

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