CUATRO CUADRAS

CUENTO PUBLICADO EN ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL N° 16, JUNIO DE 2017, DE EL NARRATORIO http://www.elnarratorio.blogspot.com.uy

Código de registro: 1705282450282

 

Luego de bajar la cortina metálica, apretarla contra el piso con el pie, darle dos vueltas a la llave y hacer fuerza como para abrirla intentando levantarla, a fin de asegurarse de que estaba bien cerrada, giró sobre si mismo y miró la noche. La miró a los ojos, de frente, sin secretos. La noche le respondió con una brisa fresca, con un resplandor tenue de focos, con ruidos de motores lejanos y con un aroma indefinido pero agradable. Observó el reloj, aún no eran las cuatro. Guardó las llaves en el bolsillo del vaquero y se dispuso a caminar, sin prisa, como masticando cada uno de sus pasos, dejando atrás el Bar cerrado.
Emprendió tranquilamente las cuatro cuadras empinadas que lo llevarían hasta la avenida, pasó distraídamente frente a las librerías cerradas, pisó el agua jabonosa que salía de las puertas de los otros bares que estaban aún cerrando, miró los semáforos en los que titilaba la luz amarilla, entrecerró los ojos y respiró hondo. Una agradable sensación de tranquilidad lo invadió. Y sintió el cansancio, sintió el dolor en las plantas de los pies y la pesadez en las pantorrillas. Se miró las grandes manos pálidas y aún arrugadas de lavar los últimos vasos, con las uñas casi inexistentes de tan cortas, lo que les daba a los dedos una forma más redondeada en los extremos. Allá arriba por la avenida, más iluminada que las demás calles y menos cómplice que éstas, cada tanto se hacía sentir el transitar de un auto. Acá abajo, por las calles más sepias, se hacía sentir la vida. El día a día era cansino, la cotidianeidad respiraba y se hamacaba permitiendo un transitar consciente. Podía caminar mascullando obviedades. Repasaba los años, se detenía en los días y trataba de diferenciar unas de otras las horas de la jornada que recién terminaría cuando arribara a la avenida. Antes de terminar de recorrer la primer cuadra pensó en los diálogos que tuvo con los clientes, en los clientes habituales que vinieron y en los que no, en como la dinámica del Bar a medida que transcurría la noche se hacía más lenta. Pensó en la primera parte de la noche donde predominaban los empleados que salían de trabajar. Más entrada la noche llegaban los estudiantes de las facultades, más conversación, más ruido; y sobre el final caían los clientes de años, con los que tenía una historia en común. Y con los que conversaba sinceramente y cuyas opiniones ya conocía y, a pesar de ello, le gustaba volver a oír. Esta primera cuadra transitada era la que más disfrutaba. Era como el dulce final de un arduo día de trabajo; sentía la satisfacción de volver cansado luego de desempeñar la tarea que había elegido hacer por el resto de su vida. Era, sin lugar a dudas, la mejor cuadra.

La segunda cuadra en donde se imponía una panadería de la que salía el inconfundible olor que despedían los hornos, era menos disfrutable; durante el recorrido de ésta sacaba cuentas, cuentas cuyos resultados desde hace años le sonreían. Desde que decidió separarse de su socio, y sacar el préstamo para comprar la otra mitad del Bar, las finanzas habían cambiado. Se sabía muy bueno a la hora de planificar y administrar un negocio al que había estado vinculado desde niño. Y no le sorprendía que cada vez le fuera mejor en términos económicos. Durante esta segunda cuadra repasaba las cuentas del Bar, los gastos familiares, hacía un balance ligero entre la entrada de dinero y la salida de éste. Y se sentía muy bien al corroborar lo que ya sabía. No tenía ningún tipo de problemas para afrontar los gastos de la casa, las clases de su mujer, el colegio de su hijo, el seguro de salud familiar, y le quedaba para ahorrar mensualmente lo suficiente como para aumentar lentamente su capital. A pesar del buen resultado matemático de esta segunda cuadra en los últimos diez años, no la disfrutaba tanto como la primera. Había algo que se dejaba adivinar apenas, como una especie de sombra agazapada detrás de las cuentas amigables, algo que casi no se percibía, pero que, sin lugar a dudas, estaba allí; y que le recordaba que no todo eran números.

Al llegar a la tercer cuadra, la de la farmacia, se acordaba de otros tiempos, de los primeros años al frente del Bar en sociedad con su compañero de secundaria, los peores en términos económicos, deudas que aumentaban y que se pagaban con otras deudas adquiridas. Sin embargo la nostalgia que le generaba recordar esos primeros tiempos del Bar, le reafirmaba lo bien que la pasaban. Durante aquellos años mientras trabajaba atrás de la barra tenía la esperanza de que todo iba a ser mejor, esperanza que no volvió a sentir jamás. Sin lugar a dudas la tercer cuadra no le generaba una sensación muy placentera. Luego de recorrerla se quedaba con la sensación que genera el hecho de haber tenido algo realmente bueno y haberlo perdido. Ese sentimiento de pérdida lo contrariaba aún más, dado que era resultado de las decisiones que él había tomado, y que volvería a tomar si las cosas se dieran otra vez de la misma manera. En esta cuadra la sombra se dejaba ver un poco, se mostraba menos difusa y, poco a poco se hacía presente y se figuraba determinante. Ya no estaba agazapada, se volvía desafiante y, en ella, creía adivinar una sonrisa burlona… aplastante.

Cuando cruzó la calle que lo separaba de la cuarta cuadra, ya la iluminación se hizo más clara. Ahí era cuando comenzaba a pensar en las rutinas de su familia, los reproches de su mujer por las pocas horas pasadas al día con su hijo, por no estar en los cumpleaños de sus suegros y cuñados, y por tener que organizar todos los eventos familiares al mediodía porque las noches eran del Bar. Se hacían presentes las interminables discusiones que se daban en Noviembre y Diciembre acerca de donde pasar las vacaciones de verano y por cuánto tiempo. Y el planteo de todos los años para cambiar el auto. Revivía los frustrantes diálogos de la tarde, antes de salir hacia el Bar, en los que indefectiblemente se volvían a plantear los diferentes criterios que tenían a la hora de transmitirle algunas cosas a su hijo. Coincidían con su mujer en la necesidad de que se críe como una persona libre y capaz de tomar sus propias decisiones, sin tener temor a actuar o elegir de forma distinta a la mayoría. Sin embargo esa libertad su mujer la planteaba en términos de no confrontación, ella siempre le recriminaba que a la hora de discutir alguna situación específica con su hijo lo hiciera de manera vehemente, demostrando un exceso de seguridad en el planteo. Como tratando de que cuando llegara el momento en que el niño tenga que defender una posición lo haga de la misma manera. Para él era importantísimo tratar de estimular la creación de un espíritu firme, de una personalidad que tenga prioridades claras, sean cual sean éstas, y de generar la necesidad de defender sus posturas con determinación. Siempre su mujer le terminaba reprochando que usara con su hijo su frase favorita: “Un hombre debe tener algunas pocas prioridades en su vida que no son negociables, las que debe defender a brazo partido en cualquier circunstancia y ante quien sea”. Indefectiblemente, en éstos diálogos de la tarde él terminaba por echarle en cara a su mujer el hecho de que le transmitiera a su hijo el concepto de que la libertad implica tener la capacidad de reconocer que uno puede estar equivocado y, en cualquier momento, alguien puede convencerlo de que vea las cosas de manera distinta; y que esto se aplica a todo, no hay nada que sea absoluto, cualquier postura se puede cambiar. Así, para una mente abierta todo es discutible, todo se puede negociar. No estaba de acuerdo con que su mujer, y esto lo irritaba particularmente, le remarcara a su hijo que un espíritu firme no era otra cosa que una personalidad machista.

En los últimos metros de la cuarta cuadra el cansancio era evidente, pero al cansancio físico de la primer cuadra que se sentía tan placentero, se le agregaba un cansancio anímico, y éste contaminaba todo su espíritu y se hacía predominante e invasor. La sombra se expandía de tal manera que lo abarcaba todo, era como una especie de niebla espesa y viscosa que le impedía moverse con facilidad y que sólo él percibía. Y poco a poco apuraba más el paso, tratando de caminar más rápido. Sobre el final de esta cuadra, el ruido de los pocos autos que pasaban a esa hora era bastante fuerte, la luz de la calle brillaba y los pies le dolían demasiado. Restaba sólo arribar a la Avenida y caminar 20 metros por esta para llegar a la entrada del edificio de su apartamento, donde el portero le abriría la puerta y le daría los buenos días. Él lo saludaría con una palmada en el hombro y subiría por uno de los dos ascensores al piso de 3 dormitorios con grandes ventanales a la avenida y desde  donde se podían ver todos los árboles del parque.

Al terminar de transitar los últimos metros de la cuarta cuadra, ya se sentía hastiado, derrotado, aburrido. Pisó la Avenida, las luces lo acribillaron, las vidrieras se hicieron presentes, caminó los primeros metros por ésta, sintió rabia, un poco de desolación, mucha tristeza y, como todos los días, se contempló morir un poco más.

 

 

 

 

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