EL ÚLTIMO VIAJE

CUENTO PUBLICADO EN ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL N° 17, JULIO DE 2017, DE EL NARRATORIO http://www.elnarratorio.blogspot.com.uy

Código de registro: 1706282742926

La visión limitada por el marco de la ventana era la del enorme Yeniséi corriendo fuerte llevándose con él algunos troncos que, de no ser por la lluvia que llevaba ya 6 días sin parar, podría estar rescatando de las aguas para hacer leña. No era algo que le preocupara, ya tenía amontonada toneladas de leña para el invierno, pero… un poco más nunca venía mal. No quedaba mucha agua por caer, la temporada de lluvias se había mantenido con intermitencias durante los últimos meses y el río ya estaba completo; en cuanto parara sería momento de partir. Miró el vaso de vodka casi lleno y recordó la época en que se tomaba una, a veces dos, botellas al día. Días buenos aquellos, en algún sentido, y muy malos en otros; igual que estos. Sintió chillar a uno de los perros, se sobresaltó y se apresuró a acercarse a la ventana, en la baja casilla con techo inclinado y de tres paredes vio a los tres, uno de los cachorros y el joven Alek estaban echados mientras que el viejo Kirill permanecía parado. Seguramente estaba tratando de echarse y la cadera le dolía. Al hermano del cachorro lo había canjeado por otro ya que se entusiasmaba más persiguiendo alces y ladrando a las vacas que rastreando martas, le atraían más los animales grandes y era inútil tratar de cambiarlo; había acordado con un trampero amigo que le entregara el nuevo cachorro después del invierno ya que no lo llevaría al monte, ahí iría solo con Alek. Vio claramente como a un nuevo intento de echarse el viejo Kirill volvió a chillar, dejándose caer esta vez hasta quedar acostado en el suelo. Si el dolor seguía aumentando tendría que tomar cartas en el asunto. Había sido un gran perro, tenían en su haber muchos inviernos compartidos, habían cazado y la habían pasado muy bien, siendo padre de Alek había sido fundamental en su enseñanza; no dejaría que sufriera, ya estaba muy viejo y casi no comía lo que día a día le daba, se merecía una muerte digna. Cuando terminaran las lluvias, se haría cargo… Volvió sobre sí, agarró el vaso de vodka y se dirigió hacia la entrada de la vivienda. Tomó un trago corto, saboreó con ganas y lo apoyó sobre el cajón cerrado de las herramientas que estaba a un costado de la puerta, contra la pared. Se puso el abrigo que colgaba del respaldo de una silla y salió, la intensa lluvia fría le golpeó la cara, se puso la capucha y cerró la puerta; quedó parado así debajo del alero que no lo protegía en nada ya que la combinación de lluvia y viento, que soplaba desde el río, hacía que el agua se metiera por debajo del techo. No le importó y caminó sin prisa hasta el cerco de alambre, quedando parado frente al enorme río, cuyas aguas revueltas generaban un rugido incesante. Pensó en los próximos días, pensó lento mientras la lluvia helada le golpeaba la cara. Miró hacia la izquierda y contempló la pequeña aldea de unas 300 casas, todas similares, de madera y techo de chapas de 2 aguas, emplazada en el centro mismo de una Siberia que se preparaba para recibir un invierno más. Su casa que estaba casi en un extremo de Bakhtia, era de las más cercanas al río, del que la separaba un barranco de unos 2 o 3 metros y luego del mismo la costa de suelo cubierto de nieve del invierno que era tapada por las aguas  a partir de Mayo. En los días por venir navegaría el río, se internaría en el bosque permaneciendo allí varios días y luego volvería a la aldea. Así dejaría todo pronto para esperar el invierno y en Noviembre, con el Yeniséi congelado y la nieve del bosque dura, volvería a cruzar el río; pero esta vez iría en la moto de nieve para permanecer durante toda la temporada de caza en el bosque. Una vez que terminara de llover y cruzara el Yeniséi hasta el inmenso monte, llevando todo lo necesario para preparar esta temporada, comenzaría el trabajo más arduo. Acondicionaría la cabaña principal y las tres cabañas pequeñas con las que cubría todo el territorio de caza que le correspondía desde que se lo habían asignado, en la época de los comunistas. En aquella época cazaba para el gobierno. Desde entonces habían cambiado algunas cosas, cada vez se hacía más difícil vivir con lo que dejaban las pieles, la vida se hacía cada vez más cara. Cuando lo habían traído en avión al asentamiento que constaba de un puñado de viviendas precarias tenía veinte años, y desde entonces vivía allí. Ahora seguía cazando por varias razones, pero la principal razón era porque sabía hacerlo. Cazar martas cibelinas en Siberia no era para cualquiera. A un hombre pueden quitarle prácticamente todo, el dinero, el bienestar, la salud; pero hay algo que no pueden quitarle jamás, y es su habilidad para realizar una tarea. Eso que uno aprende a hacer y lo diferencia del resto, es lo que lo hace distinto a los demás, es lo que le da libertad; y un hombre sin libertad no es nada. A los 20, además de tomarse dos botellas de vodka diarias, cazaba con trampas de metal. Cuando aprendió a hacer las trampas koolyomka no utilizó más las otras. Tenía planeado preparar alrededor de mil koolyomkas en el monte, esto le llevaría un buen tiempo, luego sólo restaría armarlas cuando llegara el invierno. Las koolyomkas eran efectivas, además de preservar la piel sin daños y ser piadosas… las martas no sufrían, prácticamente ni se enteraban, un golpe seco y listo. Un golpe seco y listo… no, mejor no… una cosa eran las martas, pero el viejo, el viejo era su amigo. Mejor, tal vez era que se muriera durmiendo. En realidad… cómo le gustaría morirse a él? Cómo le gustaría morirse a Yari el trampero? Cómo le gustaría morirse al tipo que hacía ya 35 años que vivía como quería, que era bueno en lo que hacía, que no le pedía permiso a nadie para internarse en el gran bosque siberiano y entenderse, cara a cara con el invierno ruso… con el General Invierno… cómo le gustaría morirse? Ya no veía el río Yeniséi, aunque todavía lo estaba mirando. Como le gustaría?Caminó hacia la casilla de los perros, los dos más jóvenes se pararon de inmediato y comenzaron a mover enérgicamente la cola y a patalear nerviosos, el viejo hizo un esfuerzo atroz, y consiguió pararse, aullando de dolor. Se agachó y pasó suavemente las manos una y otra vez por el pelo del lomo del viejo Kirill, le acarició la cabeza, y luego lo alzó suavemente y lo acostó sobre la pared de atrás de la casilla. Los dos más jóvenes se echaron uno a cada lado, recostándose suavemente contra el viejo. Se incorporó y caminó hacia la casa. El Yeniséi siguió rugiendo, la lluvia continuó cayendo llevada por el viento helado y la puerta de madera se cerró tras de él.

Al amanecer se volvió a abrir la puerta, un humo helado subía desde el barro del suelo, el viento había cambiado, ahora soplaba desde atrás de la aldea en dirección al río. No llovía desde la noche y los perros vieron como el hombre salió con el abrigo puesto y el sombrero de piel, cargó la canoa con menos cosas que las habituales, se colgó el rifle al hombro y acercó la canoa a la casilla. El cachorro saltaba y Alek se subió de inmediato, el trampero alzó al viejo Kirill, lo acomodó sobre un cuero que estaba sobre el piso de la embarcación, y bajó a Alek.

  • Hoy no vas, descansá que mañana salimos con todo el cargamento, nos vemos de noche.

LLevó la canoa hasta el río, prendió el motor y se alejaron de la costa internándose en el Yeniséi que los abrazó con sus aguas. El joven Alek se acercó hasta la cerca de alambre, seguido por el cachorro que correteaba a su alrededor y, sin traspasar los alambres, se quedó mirando la embarcación que se alejaba y se hacía cada vez más chiquita, cada vez más chiquita… hasta que se los tragó la Taiga.

 

 

 

 

 

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